Vivía en un mundo lleno de estrellas.
Me cuidaban, me sonreían y jugaban conmigo. Ellas estaban ahí y yo me dejaba llevar como el viento por la noche. Eran mi escondite. Porque nadie sabía del pacto entre ellas y yo.
Cuando caía la noche y me sentía sola, miraba arriba y estaban ahí, brillantes, expectantes, como un recordatorio de que las cosas nunca eran tan malas como parecían.
Un día el cielo se nubló, hubo una tormenta como nunca hubo. El agua se llevó todo. Arrasó con los árboles, se llevó casas, y hasta gente. Fue una de las lluvias más fuertes y largas que puedo recordar. No cayó hielo del cielo, pero sí fue intensa. Mis estrellas se apagaron por un largo rato.
Noches enteras de relámpagos y estruendos. De agua interminable y un viento violento.
Esperé y esperé hasta que se despeje el cielo. Pero nada pasó.
Después de muchos campos dañados y cosechas perdidas, la lluvia paró. El cielo estuvo quieto de nuevo. Las nubes se fueron. Me acuerdo de correr a mi ventana cuando el sol se fue, corrí como nunca, con una felicidad que nunca había sentido. Era como un nene despertando en navidad. Por fin había llegado el día. Cuando llegué a mi ventana, busqué a mis estrellas. Pero ellas no estaban. Pensé que tal vez, faltaba un poco para que saliera la primera, pero nunca sucedió. Esperé y esperé, pero nunca llegaron. Las estrellas se habían apagado, y era definitivo, después de un largo tiempo, me alejé de mi ventana.
No sé que pasó esa noche, o que pasó durante la tormenta, sólo sé que hubo una parte de mí que no era la misma desde aquel entonces. Sentí como si un cable a tierra se hubiese roto y no supiese como repararlo. Capaz después de todo era eso. Yo estaba en la tierra, en el piso, mientras que las estrellas estaban arriba, en el cielo, nadando en la inmensidad infinita del espacio. Tal vez, al fin de cuentas, sólo eramos demasiado diferentes como para entendernos tanto.
Cuando las estrellas se apagaron, yo también dejé de brillar. Hasta que un día, sin aviso previo, volví a hacerlo.
30.6.14
Estrellas.
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